En el último medio siglo la imagen que el cine nacional ha ofrecido de la infancia desamparada indica que una cuestión social de vieja data ha empeorado. Murúa, Birri y Favio destacan en otros cineastas con películas que no mintieron. Un ejercicio de memoria para creer en un futuro más justo.
Al pensar en el cine argentino y los chicos de la calle, los chicos muy pobres o que mendigan, esos que deambulan de a cientos y miles entre el desamparo y a la vez como pájaros libres condenados a la intemperie, me surgen cuatro películas, entre las más difundidas en el último medio siglo. "Tire dié", rodada entre 1956 y 1958. "Crónica de un niño solo", estrenada en mayo de 1965. "La Raulito", o mejor el personaje de Medio Pollo, de agosto de 1975. Y "Buenos Aires viceversa", o mejor dicho el Bocha, actuado por Nazareno Casero, hijo del conocido cómico y músico, de setiembre del 97. Puedo añadir una quinta, con reservas, "El Polaquito", por el pibe protagonista del mismo nombre, ya púber, estrenada en octubre del 2003.
"En realidad todo empieza con 'El Pibe', de Chaplin", razona y me pone en aprietos de memoria un ser muy querido que nunca ha dejado de apoyarme. ¡Claro! "The Kid", con el chico interpretado por Jackie Coogan. Desde que se conoció el 6 de febrero de 1921 sirve de modelo para el cine sobre pibes de la calle. Una de las escenas más conmovedoras de la historia del cine es cuando a Carlitos le arrebatan al Pibe de los brazos. La cara del Pibe que llora con la mano extendida mientras los guardias aferran a un desesperado Carlitos, es inolvidable. Conviene recordar esta historia de antología. El Pibe es abandonado cuando bebé por una madre que no puede hacerse cargo. Carlitos lo encuentra abandonado cerca de unos tachos de basura. Se encariña con él y lo cría. Carlitos, siempre -se sabe- es un vagabundo. Ha elegido no trabajar como asalariado. Esa es su rebelión ante la vista de un mar de trabajadores en la miseria y sobreexpoliados. Carlitos viste casi andrajos y zapatones desuelados pero, ante todo, goza de su libertad y conserva su dignidad. En la miseria y desigualdad reinantes, él ha podido elegir. Es pícaro por obligación de sobrevivencia, pero generoso y altruista. Carlitos se hace cargo del Pibe y lo cría con afecto. Se cocinan con alegría humildes pero calientes platos. Viven felices. Entonces aparecen las señoras de caridad. Las protectoras domingueras de chicos indigentes denuncian a Carlitos. La policía y gente de minoridad los separan. El Pibe irá a un instituto, tendrá seguro algo de comida y también algo (o bastante) de maltrato. No tendrá lo que le da Carlitos: el afecto que aporta a un niño la contención imprescindible para construir su integrada subjetividad.
Vuelvo ahora al cine argentino. En "Tire dié. (Primera encuesta social filmada)", rodada en las villas miserias de Rosario, el maestro Fernando Birri muestra esa imagen nunca olvidada por el espectador bien nacido. Es la de los nenes en patas que piden centavitos ("Tire dié, tire dié", gritan) a los pasajeros del tren que dejan su limosna por la ventanilla. Es 1956. Birri, entre tanto, funda así -según muchos- el cine latinoamericano como identidad original y diferenciada. Una década más tarde, Leonardo Favio, el mejor de los cineastas argentinos, trae a Polín (Diego Puente), un chico fugado del instituto. La escena final de "Crónica de un niño solo" duele por su desaliento verídico. Aparece el policía (Beto Gianola) como figura fatídica y lo lleva preso. Polín ha sacado a pasear un matungo que antes libera de su carro. Niño y caballo, dos castigados al olvido y la explotación. Desde la letra de la ley, Polín ha robado. Sin embargo Polín le dice al policía mientras llora: "Déjeme, yo no hice nada". Claro, Polín todavía no sabe: por supuesto que hizo algo: nació pobre.
Hay otra década hasta Medio Pollo, el nene que acompaña a La Raulito en la película de Lautaro Murúa. Medio Pollo (en realidad la nena Juanita Lara), de siete u ocho años, no se despega a La Raulito. Viven en la calle, con otros chicos. Se tienen sólo a sí mismos y se sostienen entre ellos. La Raulito, también como anuncio del desaliento real hoy, al final se queda sola. Pero la escena de Medio Pollo y ella cuando juegan en la playa desierta, en invierno, no se (me) quita de la memoria. Allí son felices. Condenados a no tener nunca nada, por un momento ellos se fabrican un "tener todo". Es 1975.
Veinte años más tarde, Agresti en "Buenos Aires viceversa" se apropia de lo impiadoso de inéditos tiempos con grupos sociales cínicos y de desprecio. Esta vez se llama Bocha el nene que acompaña a la protagonista vagabunda, una muchacha de clase media baja. Ambos entran a un shopping. El empleado de seguridad, un ex torturador, entiende que el Bocha no forma parte de ese mundo. Actúa según su código: le pega dos tiros. Entre tanto, hace poco, en "El Polaquito" de Juan Carlos Desanzo el chico tiene unos quince años. El homónimo del título es en la vida real Abel Ayala, un pibe de hogar de menores y de la calle. Al Polaquito le va mucho peor que a Ayala en el mundo verdadero. Pero Ayala ha dicho que tuvo suerte.
(Leo en el diario que una jueza de Córdoba ha pensado meter presos o multar a padres de chicos indigentes que piden, limpian vidrios o venden en las calles céntricas. A mí gustaría (¡qué pavo soy!) que todos juntos, o por lo menos (y por ahora) abogados y periodistas, viéramos estas películas que recuerdo.)
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